Reseña de El origen de la simetría por José Luis Gómez Toré (Pata de Gallo, nº 7, Enero de 2008)

El origen de la simetría es el primer libro de María Salvador (Granada, 1986). Su título, espléndidamente elegido, nos orienta y nos desorienta a un tiempo. Aquí la palabra “simetría” no evoca la garantía de un orden cósmico. Ni siquiera la certeza de un arte que consolara de los azares de la existencia. Por el contrario, es un enigma que la autora nos invita a desentrañar y que, en cada poema, se nos muestra más oscuro, más desasosegante. A la postre, pareciera que el origen de la simetría es su opuesto. Como en el mito personal de la autora, Caín y Abel que se enfrentan dentro del mismo ser, estamos condenados a vivir “buscando ese dolor,/origen de la simetría”.

Ya en este primer libro, la autora da muestras de contar con un mundo propio. No importa que ese mundo se haya nutrido de alimentos en apariencia tan dispares como Mozart o los Smashing Pumpkins, Miguel Ángel o la escritura de filiación vanguardista. Lo fundamental es que estos poemas nacen de una necesidad que los unifica, de una misma mirada en diálogo con el mundo.

No poca importancia tiene, en el entramado simbólico del libro, la presencia del cuerpo. Incluso los poemas en prosa de la primera sección, “Cristalografía” (“Mármol”, “Obsidiana”, “Jade”, “Cuarzo”...) parecen dibujar sorprendentes correspondencias entre lo animado y lo inanimado, entre lo mineral y la materia viva. El cuerpo en El origen de la simetría es evidencia, presencia ineludible, pero se trata de una presencia enigmática. Hacerse cargo de nuestra realidad corporal es preguntarnos quiénes somos, cuál es nuestra debilidad y nuestra fuerza, porque nuestros cuerpos se buscan en el deseo, en la ternura, pero también en la violencia, en una doble atracción hacia la vida y hacia la muerte.

La violencia (que da título a la segunda sección pero que permea, con su inquietante presencia, todo el poemario) difícilmente puede agotarse la pareja mítica de quien da muerte a su propio hermano. Por ello, María Salvador deconstruye la referencia bíblica para preguntarse si esa violencia anima en nuestro interior, si no hay un Caín dentro de cada Abel... y viceversa: “Nadie sabrá jamás/ qué fue del alma de Caín,/ cuál fue el lugar del último destierro”. La violencia se plasma en escenarios muy concretos, como el de Ciudad Juarez o el recuerdo del 11 de marzo, pero trasciende toda concreción para convertirse en una pregunta muda que sigue interrogándonos desde nuestra propia interioridad. Los crímenes no prescriben fácilmente (“la policía halla cuarenta y tres cadáveres/ con los ojos abiertos tras la venda”) y la memoria, personal y colectiva, guarda el dolor del recuerdo como una advertencia frente a la rueda sangrienta de la Historia. Sin embargo, hay también un deseo de liberación, como esas mariposas que “tejen sus propias alas”, cercadas siempre por presencias opresivas, pero que parecieran sostener, contra toda evidencia, la hipótesis del vuelo, la necesidad de al menos dejar espacio a la voz, aunque ésta se resuelva en grito o aunque la palabra apenas pueda soportar, en su frágil textura, el dolor insomne de los cuerpos: “escritura sin tinta,/ memoria que prolonga/el vuelo de la mariposa/ en la burbuja/ que ahora le contiene-”.