Reseña de El origen de la simetría por Luis Bagué Quílez ("Arte y Letras", diario Información, 31/1/2008).

El discurso de Caín

Todo primer libro supone una invitación para el presente y un compromiso para el futuro. Por eso, el juicio crítico no debería guiarse tanto por los logros ya obtenidos como por los que deja entrever la voz del poeta. En ese sentido, «El origen de la simetría», de María Salvador (Granada, 1986), revela a una autora consciente de los mecanismos creativos que utiliza. El libro se estructura en cuatro partes, cada una de ellas precedida por un poema-prólogo: «Formación de la quimera», «Dead ringers», «Líneas de Blaschko» y «El último Caín». Esos pórticos sucesivos proponen un discurso unitario que funciona como paratexto del volumen. María Salvador reelabora aquí el mito del cainismo para concluir que Caín y Abel son, al cabo, dos rostros de una misma identidad.

Dentro de esa deliberada ambigüedad moral se encuadran las composiciones de «El origen de la simetría». La primera sección, «Cristalografía», consta de nueve poemas en prosa cuyos títulos remiten a otros tantos minerales. Como una geóloga de las pasiones humanas, la autora revisa los valores simbólicos de dichos minerales. La blancura del mármol, la oscuridad de la obsidiana, los «colores volcánicos» del ópalo o el «verde fulgor» del jade muestran un inventario cromático no muy distinto del que Rimbaud había configurado a propósito de las vocales. Con todo, tras la permanencia del basalto se intuye el presagio de la propia disolución: «Y mi mente abierta, viva, queda atrapada en una figura que se desvanece para siempre».

El territorio de la subjetividad se orienta en la segunda parte del libro, «Violencia», hacia una indagación en el imaginario colectivo. El tema de la otredad –Jeckyll y Hyde– se proyecta sobre los ecos de la crónica negra (los asesinatos de Marie Tritignant, John Lennon o Sharon Tate) y sobre un amplio muestrario de referencias extraliterarias. La capacidad icónica de la violencia se despliega en abundantes homenajes cinematográficos («funny games», «hard candy»), musicales (el suicidio de Ian Curtis en «no love lost») y artísticos (las «performances » extremadas de Marina Abramovic en «ritmo cero»).

La meditación sobre «el origen del terror» se desplaza al ámbito expresivo en la tercera sección, «Metamorfosis plástica». La poesía se concibe ahora como un «teatro de operaciones » donde la autora experimenta con imágenes aparentemente inconexas, juega con fragmentos de «acciones» o tiende hacia la reflexión metapoética. Sin embargo, las máscaras del arte no consiguen redimir el dolor de la existencia, pues cualquier lenguaje «muda la suavidad del signo en arista oblicua».

En la cuarte parte del libro se localizan varios poemas breves reunidos bajo el epígrafe de «Réquiem». La cita de Dámaso Alonso que abre este apartado proporciona la pauta tonal de los textos. Los himnos religiosos, las oraciones de la liturgia cristiana y las piezas funerarias de Mozart y de Verdi ilustran las circunstancias trágicas apuntadas al pie de los poemas. Así, los atentados del 11-M y del 11-S, los crímenes de Ciudad Juárez o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki sirven de trasfondo dramático a las composiciones. En consonancia con los sonidos apocalípticos de la «canción última », la poesía se convierte en un amargo réquiem por la realidad.

En suma, «El origen de la simetría» articula una reflexión madura y ambiciosa sobre una sociedad que se ha vuelto demasiado insensible al dolor ajeno. Puede que en ocasiones se aprecie cierta reiteración en la estructura de los poemas, pero estos desfallecimientos pasajeros son la prueba de una indiscutible voluntad de riesgo. No en vano, uno de los méritos de este libro es reconocer que el mundo también necesita decirse de otro modo.